propiedad


Pensamos en ella como si fuera “nuestra”, “nuestra pareja”, “nuestra mujer”, “nuestro amigo”, “nuestro libro”. Cuando mañana yo desaparezca, será claro que nada de eso era mío. Cuando mañana mi amigo se vaya, será claro que no era “mío”, que decir “mía” es sólo una forma de hablar. Que pensamos en términos de propiedad cuando en realidad nada es nuestro, y es mejor así, pues nos permite caminar con ligereza por el mundo, al saber que todo está limitado en el tiempo. Compartimos este rato, y es todo lo que tenemos. Podemos estar feliz porque ahora comparto este rato con ella. Con este libro. Con mi amigo, que no es mío. Con ella que no es mía. Con ella que mañana se refugiará en los brazos de otro y yo que pensaba que era “mía” cuando ella sólo era y siempre será sólo suya.

Si dejo de pensar en que este ordenador, este libro, esta amiga son “míos”. Si comprendo que nada de esto es mío, que la propiedad es una imaginación que podemos incluso defender con la ley, pero imaginación definitivamente soportada en una ilusión colectiva, siento bastante libertad.